El equipo dirigido por Carlos Simón en el Centro de Investigación Príncipe Felipe de Valencia presentó el pasado día 7 una línea de investigación con células madre embrionarias que “mantiene la viabilidad del embrión del que procede”. La línea, llamada Val-10B, fue presentada como un avance por ser la primera vez que se realiza en España la extracción de una célula (blastómero) en un cigoto compuesto por siete, sin que muera éste. El conseller de Sanidad valenciano, Manuel Cervera (PP), aseguró que esta técnica permitirá “la creación de líneas celulares inmunológica y genéticamente compatibles con el embrión del que proceden”, lo que supone “un avance para el conocimiento y manejo terapéutico de las células madre”. La realidad parece diferir de estas afirmaciones en cinco puntos relevantes:
1-El embrión no cura. Sólo las células madre adultas se emplean en procesos terapéuticos. Nunca se ha empleado una sola célula embrionaria para curar. Pablo Menéndez, director del Banco Andaluz de Células Madre, coordinador de la destrucción de embriones con fines investigativos en España, declaró a LA GACETA que “con las células embrionarias no existen, y desde mi punto de vista personal no existirán jamás, pruebas clínicas relevantes”; sirven “para estudiar embriología humana, cáncer, toxicidad, etc”, pero no para curar.
2- El ‘operado’ no se salva. Carlos Simón afirmó que, tras la extracción del blastómero de un cigoto de siete células y tres días de edad, éste siguió su desarrollo normal y se mantiene congelado “para demostrar su origen”, pero se podría desarrollar en el útero de una mujer “con absoluta normalidad”. Lo cierto es que seguir vivo no equivale a no haber sufrido daños, y que por sus menores probabilidades de supervivencia nadie lo preferiría a un embrión no alterado, en unas técnicas reproductivas que, además de caras, fracasan en el 80% de los casos. Por lo demás, la Ley 14/2006 sobre técnicas de reproducción humana asistida establece, en su art. 11.4, como posibles destinos excluyentes de los embriones la donación para su implantación en una mujer o la donación para investigación: Los embriones sobre los que se investiga están siempre destinados a morir.
3- Se agrava el dilema ético. Carlos Simón dijo haber querido tener “en cuenta todas las sensibilidades”, pero para demostrar que se puede manipular a un embrión sin matarlo, extrae una célula, el blastómero, de la que reconoce que “conserva su capacidad de mantenerse en estado indiferenciado en el cultivo del laboratorio de forma indefinida y su capacidad de crecimiento y proliferación ilimitada”. Es decir, se ha generado por partenogénesis, un nuevo ser humano gemelo del anterior. Ni la Ley de técnicas de reproducción ni la de Investigación biomédica (14/2007) autorizan este tipo de técnicas. El nuevo ser humano está aún más condenado a morir que aquél del que procede. Los investigadores, aunque reconocieron que llegó a desarrollarse hasta el estado de “blastocisto” (embrión de entre 70 y 100 células), y por tanto creció más que su hermano mayor (que fue congelado tras la operación), hablaron de él en un lenguaje contradictorio, como si, al mismo tiempo, siguiera siendo una única célula, y a la vez fuera fuente de “líneas celulares”. Sólo un experto reconocería que están hablando de un embrión, sobre el que se está experimentando in vivo, obviamente sin haber pedido la autorización de la madre que exige el art. 48.4 de la Ley 14/2007. En su caso, la madre habrá dado su autorización para que manipulen in vivo al primer embrión, ignorando que crearían otro.
4- Se trata de una técnica anticuada. Según Justo Aznar Lucea, director del Instituto de Ciencias de la Vida en la Universidad Católica de Valencia. Experimentada con embriones animales en 2004 en EEUU por el grupo de Yuri Verlinsky, y en 2005 por Robert Lanza en California, éste la aplicó en 2006 a embriones humanos. En ese mismo año aparecieron las primeras células no embrionarias reprogramadas (células madre pluripotentes inducidas, IPS), que desde 2007 se obtuvieron de humanos. Se trata de células adultas muy fáciles de obtener, del pelo, de la grasa o de otros tejidos, que son rejuvenecidas para recuperar potencialidades semejantes a las de las células embrionarias, pero sin el peligro de que sean rechazadas o degeneren en tumores. Esta es la técnica a la que se dedican Lanza y otros que, aunque sigan experimentando con células embrionarias, no han vuelto a emplear la técnica abandonada en 2006.
5- Sólo se pretende llamar la atención. Justo Aznar se mostró sorprendido de que el equipo de Carlos Simón presente esta técnica atrasada como novedosa sólo por el hecho de que no se haya realizado antes en España. Máxime cuando ese mismo equipo trabaja en la reprogramación de células IPS de probada utilidad. Aparentemente, se trata de mostrar como viva una técnica muerta, para llamar la atención. O de probar todas las técnicas que se tiene al alcance de la mano, por inútiles que se hayan demostrado.
Fuente: La Gaceta
1-El embrión no cura. Sólo las células madre adultas se emplean en procesos terapéuticos. Nunca se ha empleado una sola célula embrionaria para curar. Pablo Menéndez, director del Banco Andaluz de Células Madre, coordinador de la destrucción de embriones con fines investigativos en España, declaró a LA GACETA que “con las células embrionarias no existen, y desde mi punto de vista personal no existirán jamás, pruebas clínicas relevantes”; sirven “para estudiar embriología humana, cáncer, toxicidad, etc”, pero no para curar.
2- El ‘operado’ no se salva. Carlos Simón afirmó que, tras la extracción del blastómero de un cigoto de siete células y tres días de edad, éste siguió su desarrollo normal y se mantiene congelado “para demostrar su origen”, pero se podría desarrollar en el útero de una mujer “con absoluta normalidad”. Lo cierto es que seguir vivo no equivale a no haber sufrido daños, y que por sus menores probabilidades de supervivencia nadie lo preferiría a un embrión no alterado, en unas técnicas reproductivas que, además de caras, fracasan en el 80% de los casos. Por lo demás, la Ley 14/2006 sobre técnicas de reproducción humana asistida establece, en su art. 11.4, como posibles destinos excluyentes de los embriones la donación para su implantación en una mujer o la donación para investigación: Los embriones sobre los que se investiga están siempre destinados a morir.
3- Se agrava el dilema ético. Carlos Simón dijo haber querido tener “en cuenta todas las sensibilidades”, pero para demostrar que se puede manipular a un embrión sin matarlo, extrae una célula, el blastómero, de la que reconoce que “conserva su capacidad de mantenerse en estado indiferenciado en el cultivo del laboratorio de forma indefinida y su capacidad de crecimiento y proliferación ilimitada”. Es decir, se ha generado por partenogénesis, un nuevo ser humano gemelo del anterior. Ni la Ley de técnicas de reproducción ni la de Investigación biomédica (14/2007) autorizan este tipo de técnicas. El nuevo ser humano está aún más condenado a morir que aquél del que procede. Los investigadores, aunque reconocieron que llegó a desarrollarse hasta el estado de “blastocisto” (embrión de entre 70 y 100 células), y por tanto creció más que su hermano mayor (que fue congelado tras la operación), hablaron de él en un lenguaje contradictorio, como si, al mismo tiempo, siguiera siendo una única célula, y a la vez fuera fuente de “líneas celulares”. Sólo un experto reconocería que están hablando de un embrión, sobre el que se está experimentando in vivo, obviamente sin haber pedido la autorización de la madre que exige el art. 48.4 de la Ley 14/2007. En su caso, la madre habrá dado su autorización para que manipulen in vivo al primer embrión, ignorando que crearían otro.
4- Se trata de una técnica anticuada. Según Justo Aznar Lucea, director del Instituto de Ciencias de la Vida en la Universidad Católica de Valencia. Experimentada con embriones animales en 2004 en EEUU por el grupo de Yuri Verlinsky, y en 2005 por Robert Lanza en California, éste la aplicó en 2006 a embriones humanos. En ese mismo año aparecieron las primeras células no embrionarias reprogramadas (células madre pluripotentes inducidas, IPS), que desde 2007 se obtuvieron de humanos. Se trata de células adultas muy fáciles de obtener, del pelo, de la grasa o de otros tejidos, que son rejuvenecidas para recuperar potencialidades semejantes a las de las células embrionarias, pero sin el peligro de que sean rechazadas o degeneren en tumores. Esta es la técnica a la que se dedican Lanza y otros que, aunque sigan experimentando con células embrionarias, no han vuelto a emplear la técnica abandonada en 2006.
5- Sólo se pretende llamar la atención. Justo Aznar se mostró sorprendido de que el equipo de Carlos Simón presente esta técnica atrasada como novedosa sólo por el hecho de que no se haya realizado antes en España. Máxime cuando ese mismo equipo trabaja en la reprogramación de células IPS de probada utilidad. Aparentemente, se trata de mostrar como viva una técnica muerta, para llamar la atención. O de probar todas las técnicas que se tiene al alcance de la mano, por inútiles que se hayan demostrado.
Fuente: La Gaceta
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