jueves, 29 de octubre de 2009

ANIMALES Y PLANTAS ANTES QUE LA VIDA HUMANA

¿Cómo se explica que en tantos países el aprecio creciente por la vida animal o vegetal vaya unido al desprecio igualmente creciente por la vida humana?

¿Cómo se explica?

No creo, querido profesor, que haya un creciente aprecio de la vida animal y un desprecio también creciente a la vida humana. En mi opinión, aprecios y desprecios se reparten por igual en este asunto. Hay ancianas que aman a sus gatitos, sí; les besan el hociquito y los llaman mi pichurrín, pero también los esterilizan sin pedir su consentimiento y permiten que los “eutanasien” cuando llega el momento de quitárselos de encima.

Por otra parte, no puede negarse que el aprecio a la vida humana ha aumentado en algunos casos. Por ejemplo, a los bebés del siglo XXI se les mima, se les llena de juguetes y se les besuquea más que nunca, casi, casi como si fueran animalitos domésticos.

El quid de la cuestión está en que esta Europa nuestra, laica, hedonista y desnortada, empieza a no distinguir entre niños y mascotas, entre humanos y bestias. Es lógico: romper con la filosofía griega, con el viejo derecho romano y con las propias raíces cristianas tiene malas consecuencias: si el espíritu no existe, si el alma humana inmortal es sólo un sueño del platonismo; si el hombre no tiene una dimensión trascendente a la materia, ¿dónde haremos radicar su dignidad?

La respuesta que uno oye a todas horas en las cátedras de lo políticamente correcto es ésta: en los sentimientos.

¿El perrito tiene sentimientos? Pues entonces es titular de derechos. ¿La foquita se conmueve cuando la acariciamos? Hagamos un estatuto de la dignidad focal. ¿El gran simio tiene una mirada dulce y sabe utilizar el garrote como los mozos de mi pueblo…? ¡Viva el gran simio!

Por la misma razón, un bebé que sonríe cuando le rascamos la barriguita y se parece a su papá biológico y produce nobles sentimientos de ternura, será sujeto de todos los derechos habidos y por haber; que nadie le dé un cachete, que lo encarcelo. Pero si aún no tiene sentimientos porque está en el vientre de su madre, lo llamamos feto y santas pascuas. Y si el viejito ha dejado de ser un entrañable abuelete y se ha convertido en un amasijo de huesos conectado a una máquina, lo tratamos como a una mascota rota. Y al hoyo.

—Yo no como nada que tenga cara —dijo una quinceañera a su madre hace muchos años— al ver en la fuente el patético espectáculo de gran una pescadilla que se mordía la cola.

Seguramente lo había leído en algún sitio, pero a su madre le impresionó tanto, que, desde entonces, cambió el régimen de comidas de su casa. ¡Cómo podemos devorar a un ser que tuvo sentimientos como nosotros!

Concluyo: lo que cuenta Alejandro Navas en su artículo de ayer sobre el trato que dan en Suiza a los animales no me extraña lo más mínimo. Sólo me pregunto qué ocurrirá cuando se demuestre que también los tomates, las lechugas y los pimientos de Padrón tienen sentimientos.

Yo hace años cultivé una sandía en Valencia. La mimé tanto que incluso le cantaba nanas para dormir. Estoy seguro que fue un amor correspondido.

Cuando maduró no pude comérmela.

Autor: Enrique Monasterio y Alejandro Navas

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