lunes, 17 de noviembre de 2008

LOS COCHES SE FABRICAN, LOS BEBÉS NO por Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

Con frecuencia se dice que un embrión no tiene derecho a la vida como una persona adulta, ya formada. Lo expresaba con toda claridad el periodista Michael Kinsley, en el Washington Post: «Me cuesta creer que un puñado de células –más primitivo incluso que una lombriz- tiene los mismos derechos que el lector de este artículo». Esta manera de pensar se basa en un error muy extendido hoy: un no nacido es un individuo “en construcción”. Como si los bebés se fabricasen o construyesen al modo de los coches, hasta llegar a tener su forma completa.

A la hora de explicarlo, se reflexiona, más o menos, de esta manera. Pensemos en un coche que se produce en cadena y preguntémonos: ¿en qué momento de la cadena de montaje podemos decir que ya hay coche? Algunos dirán que el coche ya existe desde el momento en que se reconoce su forma; otros pensarán con criterios más funcionales y dirán que cuando se instala el motor o se ponen las ruedas; otros, finalmente, pensarán que sólo hay coche cuando circula por una calle.

Comparar el nacimiento de un bebé con el proceso de fabricación de un coche puede ser una imagen bonita y hasta brillante. Pero es totalmente equivocada. Porque los seres humanos, a diferencia de lo que ocurre con las cosas, no son fabricadas por nadie. Dios no fabrica al hombre. Porque la vida humana «no se hace» sino que «se desarrolla». Por eso, a los organismos vivos no se les forma ni se les define desde fuera y, en consecuencia, no tienen un constructor externo. Son ellos mismos los que se definen y forman. La forma de un ser vivo está ya en sus genes desde el principio y esa forma comienza a manifestarse desde el primer momento de su existencia. Eso explica que –en el caso de los seres humanos- los embriones no necesiten ser modelados según ningún tipo. Ya son un tipo de ser concreto.

Cuando hablamos de “construir” somos nosotros los sujetos protagonistas, somos nosotros los que ponemos y determinamos la forma; cuando, por el contrario, es un ser el que se “desarrolla” es él el que guía y modela su propia forma porque tiene predeterminado su futuro. Cuando miramos la apariencia del feto o del embrión sin tener en cuenta el desarrollo intencional del propio ser, estamos prescindiendo del futuro. Ahora bien, cuando llega ese futuro y miramos hacia atrás en el tiempo, advertimos que es mucho más razonable hablar del “desarrollo” cuando se trata de los seres vivos.

Pensemos, por ejemplo, que nos fuera dado tener una fotografía de Pedro cuando todavía era eso que algunos creen que es un «mero amasijo de células». Sin miedo a faltar a la más estricta verdad, podríamos decirle: «Mira, Pedro, ese eres tú». Porque, efectivamente, ha bastado que «ese amasijo» se haya desarrollado conforme a su propia naturaleza para que llegase a ser ese que llamamos «Pedro». No ha sido necesaria ninguna manipulación ni alteración por parte de algún agente externo. Ha bastado con dejarle crecer a su ritmo, desarrollarse.

Algunos de quienes me lean –y yo mismo– podemos terminar siendo discapacitados, como consecuencia de un accidente o de la edad. En esa situación, no podremos desarrollar bien nuestra capacidad de hablar, de razonar, de elegir o de querer. Entonces nuestra humanidad estará «escondida», como cuando fuimos concebidos y éramos un «amasijo de células». Pero ¿quién se atrevería a decir que nosotros no estamos ahí? Porque, efectivamente, estamos ahí. Lo estamos, porque una persona, aunque esté en estado vegetativo, continúa siendo un ser humano hasta el momento de su muerte. Como se ve, la idea de ser humano «en desarrollo» es también muy esclarecedora respecto a la eutanasia.

Fuente: Revista Ecclesia

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