jueves, 29 de octubre de 2009

La independencia de México no se entiende sin el cristianismo

Según el más grande historiador vivo del México colonial

No es posible entender el proceso de independencia de México sin el cristianismo, considera despejando muchos equívocos el historiador David A. Brading, británico, considerado como el más grande historiador vivo del México colonial.

El profesor de la Universidad de Cambridge, así como de la Universidad de Berkeley, ha sostenido una conferencia magistral en la ciudad de Querétaro, en el nuevo Areópago Juan Pablo II, sobre el papel de la Virgen de Guadalupe en el proceso de Independencia de México,cuyo segundo centenario se celebrará en el próximo año.

Su intervención llega a conclusiones que replantean algunos de los lugares comunes de la historiografía, en particular, redimensionan la influencia de los ideólogos de la revolución francesa en este proceso, que resulta ser menos importante de lo que parecía.

México, sede del Papa y de los reyes de España

El profesor Brading, tras una larga exposición sobre los orígenes del movimiento de Independencia, señaló que "en México las noticias de Europa, de la Revolución Francesa, sí causaron horror: se oían ataques contra la Iglesia. Pero, también, había un sentido de expectación. Si Europa estaba desecha por las guerras y por la destrucción que provocaban, era entonces la oportunidad para el Nuevo Mundo, para América, de encontrar su propia perspectiva".

"En un tratado guadalupano --dijo Brading-- escrito en el siglo XVIII por un canónigo de Puebla, Francisco Javier Conde, tratado que no fue publicado sino hasta mediados del siglo XIX, se cita el capítulo 60 del profeta Miqueas que dice que una pequeña nación se volvió grande y reconstruyó Sión. El propio canónigo dice que había escuchado a muchas personas en la Nueva España y varios sermones en los cuales los predicadores citaban la profecía del jesuita mexicano Francisco Javier Carranza sobre la posibilidad de la transmigración de la silla apostólica y residencia de los papas en este continente".

Ante la expectación del auditorio mexicano que apenas si conocía esta vertiente de la historia, el profesor Brading, autor de una obra enciclopédica sobre la imagen de la Virgen de Guadalupe, señaló que "Carranza, precisamente predicando aquel sermón en Querétaro, en 1748, fue aplicando el capítulo 12 del libro del Apocalipsis sobre la última época del mundo, en la que, presumiblemente, va a aparecer el anticristo. Fue desarrollando su tema diciendo que el anticristo fue destinado a dominar al Viejo Mundo, cerrando las Iglesia, e instalando en Europa misma los viejos dioses del paganismo".

"En aquel momento, la Virgen María, en su advocación de Guadalupe, ayudada por el arcángel san Miguel, para defender a la Iglesia, haría su aparición para defender a las dos Américas y tanto el Papa como el Rey de España iban a huir a México bajo la protección de ‘nuestra mexicana Reina, Madre y Señora'. O sea que, para Carranza y para muchos otros, en los días del fin del mundo, México estaría compitiendo por ser la sede de la Iglesia universal y la de los reyes de España", agregó el también autor de Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810).

Esta visión de los últimos días fue aplicada, transformándola, a la situación de fines del siglo XVIII en México. Los predicadores iban haciendo profecía de algo que estaba sucediendo, pues los dos papas de aquella época, Pío VI y Pío VII, tuvieron que salir de Roma ante el asedio de las tropas francesas. Y eso era aplicado a México.

Incluso, un ilustrado y muy patriota criollo, José Mariano de Beristain y Souza, escribió en su gran libro Biblioteca Hispanoamericana Septentrional, que fue publicada en tres tomos alrededor de 1817, sobre Carranza y su sermón: "Cuando escribo, a la vista de la persecución que hace al Pontífice Romano el tirano Napoleón, y a los reyes católicos, protectores de la Iglesia de Roma, contemplo que México puede ser el más seguro asilo del Papa y de los monarcas españoles contra la voracidad de aquel monstruo, me parece que no está muy lejos de verificarse la profecía del padre Carranza".

Y agregó: "Así pensaba yo en el año de 1809. Entonces la insurrección de Miguel Hidalgo hizo empantanar estas esperanzas".

Él quería --y así lo dijo después-- que todos fuésemos llamados españoles, no americanos o indios o mestizos, sin distinción, pues todos eran súbditos de un mismo rey, el de España.

Esperanzas fundadas

Ciertamente, las "esperanzas" del padre Carranza no eran profecías locas. Justamente, a fines de 1808, la Corte portuguesa transfirió su sede a Río de Janeiro, con todos sus archivos y todas las personas que la componían. Y se quedaron en Brasil hasta 1822. En esos años Portugal fue una "colonia" de su "ex colonia", Brasil, explicó el profesor Brading.

"Cuando Miguel Hidalgo entregó a sus seguidores una copia de la imagen guadalupana, al salir del pueblo de Dolores y la convirtió en su estandarte, no fue un accidente. Utilizaba a la patrona ya aclamada 'principal y universal' de la Nueva España. Así convirtió a la imagen ya no en un emblema de una nación criolla sino en un símbolo de una nación insurgente", afirmó el autor del texto fundamental sobre los tres siglos de presencia española en América llamado Orbe indiano.

Más adelante, Brading explicó que al acercarse a la ciudad de Guanajuato, Hidalgo informó al intendente de la plaza que el propósito de su rebelión era recuperar los derechos de la nación mexicana, una nación que existía antes de la conquista española, y expulsar a los europeos, recuperando "derechos santos, concedidos por Dios a los mexicanos, usurpados por unos conquistadores crueles".

"Aquí encontramos, exactamente, una de las principales afirmaciones del patriotismo criollo, ya transformado en forma política y aplicado a todos los habitantes de la Nueva España. Hay una continuidad que pasan los criollos a los insurgentes de la existencia de una nación mexicana anterior a la llegada de los españoles. Esta tesis fue aplicada y mejorada en la declaración de Independencia de 1821", dijo el historiador inglés.

Un nuevo principio

De otra parte, Hidalgo anunció la abolición de la esclavitud y, mucho más importante, la abolición del tributo. Con ello decretaba la destrucción formal de la sociedad de castas que fue algo de muy lenta evolución durante los tres siglos de la Colonia, empezando con las dos comunidades de españoles e indios y transformado, en pleno siglo XVIII en todo un sistema de castas. Hidalgo afirmó, entonces, un nuevo principio: el principio de la igualdad de todos los habitantes de la Nueva España, continuó explicando el profesor Brading

Frente a los temas fundamentales de la Independencia de México, Brading dijo que la línea del padre Hidalgo fue seguida por el padre José María Morelos quien declaró: "A excepción de los europeos, todos los demás habitantes no se nombrarán en calidad de indios, mulatos y otras castas, sino todos, generalmente, americanos. Nadie pagará tributos ni habrán esclavos".

"Obviamente --dijo Brading-- aquí no encontramos una declaración de derechos humanos universales. Lo que sí encontramos es una afirmación concreta y cristiana sobre la igualdad de todos los mexicanos y la abolición del sistema de castas que fue mantenido por el tributo y también incluso por los párrocos en sus registros de nacimientos, matrimonios y entierros".

Morelos concluyó por afirmar que los americanos eran hermanos en Cristo y formaban una nueva Israel, luchando para librarse de sus opresores. E insistió que esta igualdad, calidad de libertades, es consiguiente al poder divino y natural que ha de distinguir en la virtud al hombre y lo ha de hacer útil a la Iglesia.

Cuando abrió el Congreso de Chilpancingo de 1813, Morelos leyó un discurso--preparado por Carlos María Bustamante y corregido por él mismo-- en el que empezó declarando que la soberanía reside, esencialmente, en los pueblos y no en los monarcas, "y después de tres siglos este pueblo oprimido, semejante por mucho al de Israel, trabajado por el faraón y cansado de sufrir, elevó sus manos al cielo y Dios mismo ya ha decretado que el Anáhuac fuese libre", explicó el profesor del University College de Londres

Después de elogiar las heroicas luchas de los caudillos insurgentes, Morelos insistió: "vamos a restablecer el Imperio mexicano, mejorando el gobierno", subrayó Brading.

Una nación con pasado

"En lo que sí tenemos que insistir es sobre la presencia de los primeros elementos del patriotismo criollo: que Anáhuac es el pasado mexicano y en la Independencia se encuentra una continuidad".

El segundo elemento del patriotismo criollo, dijo, es la "independencia o que los españoles tengan que ser expulsados".

Y en tercer lugar, "el guadalupanismo. Morelos, en sus Sentimientos de la Nación daba a la Virgen de Guadalupe el patronazgo de la nueva realidad histórica que surgía de su propio pasado y se independizaba de sus conquistadores", afirmó.

En resumen, señaló que en el proceso de Independencia de México hay dos cosas distintas y nuevas.

La primera es la existencia de una nación mexicana, de una nación soberana; una nación similar a la de Israel, un pueblo elegido, pero en este caso por la Virgen de Guadalupe, o sea que no debe tanto a la Revolución francesa, como los liberales, después, estuvieron insistiendo.

La segunda es la igualdad que no está dada en términos universales, sino en términos de hermandad, con los mismos derechos (destruyendo la vieja sociedad de castas).

Hay otro aspecto interesante, dijo Brading, aunque Morelos fue designado "generalísimo" por el Congreso insurgente, él mismo tomo para sí el nombre de "siervo de la nación". "¿De dónde viene ese título, tan extraño para un caudillo insurgente? Obviamente, del texto del Evangelio de San Marcos, capítulo nueve, donde Jesús oye a sus discípulos que disputan el liderazgo del grupo y le dice: si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos, que sea el siervo de todos".

"También el decir 'siervo de Dios' era designar a los santos en aquella época. También emana del Viejo Testamento. Ahí encontramos una figura famosa que es designada siervo de Dios": Moisés", señaló Brading.

Si los insurgentes mexicanos se compararon con el pueblo israelita saliendo de la esclavitud de Egipto, entonces su caudillo, sea Hidalgo, sea Morelos, era tomado como un "Moisés mexicano".

Donde se encuentra la mayor aplicación a Moisés del título de "siervo de Dios" en el Antiguo Testamento es en el libro de Josué, dedicado a la conquista de la tierra prometida. Y en su conclusión, Josué mismo está descrito, igualmente, como siervo de Dios, explicó.

Esta es una hipótesis que parecería extravagante, pero hay que recordar que en la Monarquía Indiana de Juan de Torquemada, el gran historiador franciscano, exaltó a Hernán Cortés como un "nuevo Moisés", encargado por Dios de llevar a los pueblos indígenas de Anáhuac del Egipto del paganismo a la tierra prometida de la religión católica.

Y por otra parte, la tradición republicana en el siglo XIX sacó en sus textos elogios a Moisés como legislador y padre fundador de su nación y podemos decir que el culto de Miguel Hidalgo como padre de la Patria fue la traducción de un culto a un Moisés legislador y fundador de la nación mexicana, continuó diciendo el historiador, autor entre otros títulos de El ocaso novohispano.

El centro del Tepeyac

El 22 de mayo de 1822, Agustín de Iturbide se proclamó como Emperador constitucional del Imperio Mexicano. Posteriormente, en una circular emitida por el Ministro de Justicia, Iturbide fue identificado como Primer Emperador Constitucional y Gran Maestro de la Orden Imperial de Guadalupe, Agustín por la Divina Providencia y por el Congreso de la Nación, explicó el historiador y mexicanista David Brading.

En diciembre de 1822, el arcediano de la Catedral de Valladolid (Morelia), predicó la primera función solemne de aquel orden imperial. Tras lamentar el triste estado de paganismo en México-Tenochtitlan, celebró la aparición en el Tepeyac como una nueva aurora que anunciaba la conversión de Anáhuac a la fe católica, conversión que compensaba a la Iglesia "por la herejía de Lutero y Calvino", dijo Brading.

"Ahora, enfatizo, si el país de Anáhuac respira libertad todo se lo debemos a la Virgen de Guadalupe, ahora somos nación soberana, de modo que el águila mexicana se apareció de nuevo triunfante en su nopal".

Aunque ambos partidos, insurgentes y realistas, durante la guerra civil de la Independencia habían invocado a la guadalupana, ella ahora aparece como "madre de la unión; especialmente porque México es el país más católico del mundo, un baluarte en una época en Europa donde la religión ha sido afligida por la impiedad y el ateísmo". Concluyó: "la santa religión católica es el alma de este Imperio. Si la fe de Jesucristo es inseparable de la nación de Anáhuac, no ser cristiano es no ser mexicano".

Tras la Independencia se renueva la profecía de fin del siglo XIX del surgimiento de México como baluarte en el mundo de la fe católica, dijo Brading.

Baluarte del catolicismo

"Para entender mejor el fondo político e ideológico del movimiento imperial de México, explicó el historiador, podemos recurrir al sermón predicado por el doctor Julio García de Torres en el santuario del Tepeyac en octubre de 1821, función a la que asistió Agustín de Iturbide para dar gracias a la patrona de México por la Independencia de la América Septentrional".

Más adelante subrayó que en el sermón se decía que la Independencia había sido necesaria "pues España ya fue corrompida por las pestilentes miasmas del contagio francés, es decir, mediante las execrables obras de Voltaire y de Rousseau" ya traducidos y publicados en España. Y que las nuevas Cortes, establecidas en 1820, "dedicaron sus esfuerzos a destruir a todos los pueblos y los privilegios de la Iglesia", aboliendo la Inquisición, expulsando a la Compañía de Jesús, etcétera.

Finalmente terminó diciendo que "con esa visión, la creación del Imperio de Iturbide revivía, una vez más, la noción de que México podía ser el baluarte de la Iglesia católica en un mundo en el que el liberalismo llegaba al poder en España y en otros países y quería destruir a la religión".

Por Jaime Septién

Fuente: Zenit

FIDELIDAD MATRIMONIAL

1. Fidelidad conyugal y Alianza de Dios con los hombres

La alianza esponsal que se establece entre el hombre y la mujer es una expresión significativa de la comunión de amor entre Dios y los hombres, contenido fundamental de la Revelación y de la experiencia de fe de Israel. El vínculo de amor entre los esposos “se convierte en imagen y símbolo de la Alianza que une a Dios con su pueblo” (FC, 12).

En el orden de la Redención, el matrimonio es signo de la Nueva Alianza de Cristo con la Iglesia. “El Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo Místico del Señor Jesús” (FC, 19).

“El sacramento del matrimonio hace entrar al hombre y a la mujer en el misterio de la fidelidad de Cristo para con la Iglesia” (CEC, 2365). Hace que la unión de los esposos sea imagen de esa fidelidad porque es su participación. En consecuencia, los esposos han de hacer visible ese amor de Dios el uno al otro, ante los hijos y ante los demás. Así como Cristo se ha unido a su Iglesia para siempre y es fiel a esa unidad, también los esposos deben estar unidos y hacer visible esa unidad para siempre (cfr. A. Sarmiento, 123).

2. Fidelidad: don y tarea

La fidelidad, como el amor, es, ante todo, una iniciativa y un don de Dios. En esta verdad se fundamenta el optimismo y la seguridad que deben tener los esposos.

Ciertamente la fidelidad es una tarea personal, requiere esfuerzo y lucha. Pero, así como es un error confiar exclusivamente en las propias fuerzas, lo es también pensar en la debilidad humana sin tener en cuenta la ayuda constante y eficaz de Dios.

Cristo renueva el corazón del hombre por medio de la gracia, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo. Además, la gracia sacramental específica que se recibe en el sacramento del matrimonio, ayuda a vivir la fidelidad conyugal en todas las circunstancias por las que deban atravesar los esposos. ”Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón» (cfr. Mt 19,8), sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel» (Ap 3,14), es el «sí» de las promesas de Dios (cfr. 2 Cor 1,20) y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin (cfr. Jn 13,1)” (FC, 20).

La ayuda de Dios a los esposos es constante. Jesucristo no les retira sus dones. “El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia. Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo «permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios» (GS, 49)” (FC, 56).

3. Crecimiento de la fidelidad, crecimiento en el amor

La comunión conyugal está llamada “a crecer continuamente a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total” (FC, 19). La fidelidad, como todas las virtudes, no es algo estático, está llamada a crecer.

El don del Espíritu Santo infundido en los corazones del hombre y de la mujer con la celebración del sacramento “es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más recia entre ellos en todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia, de la voluntad, del alma— revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor donada por la gracia de Cristo” (FC, 19).

Para crecer en la fidelidad es necesario, por tanto, poner los medios sobrenaturales (oración y sacramentos, especialmente la penitencia y la Eucaristía) y los humanos. Al mismo tiempo que piden ayuda a Dios, los esposos han de esforzarse por mantener viva “la voluntad (...) de compartir todo su proyecto, lo que tienen y lo que son” (FC, 19). Renovar el amor y la fidelidad es una tarea de cada día, en las alegrías y en las penas, y también en aquellas circunstancias que no se podían prever; una tarea que requiere ser pacientes y humildes, saber comprender y perdonar, y no solo cuando resulta fácil, sino también cuando Dios pide verdadero heroísmo.

De esta manera, las dificultades por las que los cónyuges tienen que atravesar, lejos de enfriar el amor, lo hacen crecer. “Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un sacramento, un ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae —las muchas dificultades, físicas y morales— non potuerunt extinguere caritatem (Cant 8, 7), no podrán apagar el cariño” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 24).

4. Educación de la fidelidad

Como todas las virtudes humanas, la fidelidad tiene que ser formada, educada, adquirida. Se trata de uno de los objetivos más importantes en la preparación para el matrimonio. La encíclica Familiaris consortio (n. 81) insta a los pastores a enseñar “a cultivar el sentido de la fidelidad en la educación moral y religiosa de los jóvenes; instruyéndoles sobre las condiciones y estructuras que favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera libertad; ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles comprender la rica realidad humana y sobrenatural del matrimonio-sacramento”.

La fidelidad necesita de todas las virtudes, porque todas están conectadas, pero parece solicitar especialmente el desarrollo de la fortaleza, la virtud que nos ayuda a amar el bien a pesar de las dificultades que se presenten, o a huir de las tentaciones que puedan ponerlo en peligro. Y también de la castidad, que encauza el amor conyugal exclusivamente hacia el otro cónyuge, y evita todo lo que puede poner en peligro la fidelidad.

5. Fidelidad a pesar de la infidelidad

En la Sagrada Escritura, el amor siempre fiel de Dios se pone como ejemplo de las relaciones de amor fiel que deben existir entre los esposos (cfr. Os, 3). Y así, del mismo modo que la infidelidad de Israel no destruye la fidelidad eterna del Señor, la infidelidad de uno de los cónyuges no debe destruir la del otro.

Es el caso, por ejemplo, de un cónyuge inocente que sufre la separación por culpa del otro. “En este caso la comunidad eclesial debe particularmente sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda concreta, de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente la vida conyugal anterior” (FC, 83).

“Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero que —conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no se deja implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos” (FC, 83).

Autor: Tomás Trigo Profesor Titular en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, expone en un artículo titulado La fidelidad matrimonial un certero análisis sobre el matrimonio y la vida matrimonial.

ANIMALES Y PLANTAS ANTES QUE LA VIDA HUMANA

¿Cómo se explica que en tantos países el aprecio creciente por la vida animal o vegetal vaya unido al desprecio igualmente creciente por la vida humana?

¿Cómo se explica?

No creo, querido profesor, que haya un creciente aprecio de la vida animal y un desprecio también creciente a la vida humana. En mi opinión, aprecios y desprecios se reparten por igual en este asunto. Hay ancianas que aman a sus gatitos, sí; les besan el hociquito y los llaman mi pichurrín, pero también los esterilizan sin pedir su consentimiento y permiten que los “eutanasien” cuando llega el momento de quitárselos de encima.

Por otra parte, no puede negarse que el aprecio a la vida humana ha aumentado en algunos casos. Por ejemplo, a los bebés del siglo XXI se les mima, se les llena de juguetes y se les besuquea más que nunca, casi, casi como si fueran animalitos domésticos.

El quid de la cuestión está en que esta Europa nuestra, laica, hedonista y desnortada, empieza a no distinguir entre niños y mascotas, entre humanos y bestias. Es lógico: romper con la filosofía griega, con el viejo derecho romano y con las propias raíces cristianas tiene malas consecuencias: si el espíritu no existe, si el alma humana inmortal es sólo un sueño del platonismo; si el hombre no tiene una dimensión trascendente a la materia, ¿dónde haremos radicar su dignidad?

La respuesta que uno oye a todas horas en las cátedras de lo políticamente correcto es ésta: en los sentimientos.

¿El perrito tiene sentimientos? Pues entonces es titular de derechos. ¿La foquita se conmueve cuando la acariciamos? Hagamos un estatuto de la dignidad focal. ¿El gran simio tiene una mirada dulce y sabe utilizar el garrote como los mozos de mi pueblo…? ¡Viva el gran simio!

Por la misma razón, un bebé que sonríe cuando le rascamos la barriguita y se parece a su papá biológico y produce nobles sentimientos de ternura, será sujeto de todos los derechos habidos y por haber; que nadie le dé un cachete, que lo encarcelo. Pero si aún no tiene sentimientos porque está en el vientre de su madre, lo llamamos feto y santas pascuas. Y si el viejito ha dejado de ser un entrañable abuelete y se ha convertido en un amasijo de huesos conectado a una máquina, lo tratamos como a una mascota rota. Y al hoyo.

—Yo no como nada que tenga cara —dijo una quinceañera a su madre hace muchos años— al ver en la fuente el patético espectáculo de gran una pescadilla que se mordía la cola.

Seguramente lo había leído en algún sitio, pero a su madre le impresionó tanto, que, desde entonces, cambió el régimen de comidas de su casa. ¡Cómo podemos devorar a un ser que tuvo sentimientos como nosotros!

Concluyo: lo que cuenta Alejandro Navas en su artículo de ayer sobre el trato que dan en Suiza a los animales no me extraña lo más mínimo. Sólo me pregunto qué ocurrirá cuando se demuestre que también los tomates, las lechugas y los pimientos de Padrón tienen sentimientos.

Yo hace años cultivé una sandía en Valencia. La mimé tanto que incluso le cantaba nanas para dormir. Estoy seguro que fue un amor correspondido.

Cuando maduró no pude comérmela.

Autor: Enrique Monasterio y Alejandro Navas

martes, 27 de octubre de 2009

El matrimonio, el mejor antídoto contra la violencia en la pareja

Según un estudio del Instituto de Política Familiar

El matrimonio se ha convertido en el mejor antídoto contra la violencia en la pareja, según un estudio del Instituto de Política Familiar publicado la semana pasada, que analiza datos de los últimos ocho años en España.

Según el estudio, el matrimonio es la forma de convivencia en la que se producen menos homicidios. Concretamente, por cada homicidio que se produce en un matrimonio, se producen más de 12 homicidios en las relaciones sentimentales.

El matrimonio también es, con gran diferencia, donde se producen menos órdenes de protección. Por cada una que se produce en un matrimonio, se producen más de diez en los otros tipos de relaciones.

Cinco de cada nueve órdenes de protección del año 2008 se produjeron en parejas de hecho.

Las parejas de hecho han crecido espectacularmente en España desde el año 2001 al 2008; concretamente un 121%, superando ya las 1.220.000 parejas, que representa un 11% del total.

Sin embargo, los matrimonios continúan siendo mayoritarios, llegando a representar el 89% del total de parejas y ascendiendo a 10,2 millones de parejas.

Entre las conclusiones del estudio, se encuentra la que afirma que la violencia de las parejas tiene una gran incidencia en las parejas rotas, llegando al 34%.

En este sentido, uno de cada tres homicidios se produce en parejas que han roto la relación y sobre todo en las exparejas con relaciones sentimentales, y dos de cada tres muertes en parejas rotas se producen en las exrelaciones sentimentales.

En 2008, por cada homicidio que se produjo en un matrimonio, se produjeron más de 12 en relaciones sentimentales.

“Mientras se produce 1 homicidio cada 311.000 matrimonios, sin embargo se produce 1 homicidio cada 25.500 relaciones sentimentales”, destaca el estudio.

El informe indica que en 2008 existían en España 11,5 millones de parejas, 2 millones más que en el año 2001, lo que representa un incremento del 21% de parejas en ese periodo.

También constata el crecimiento de la violencia en la pareja, que afecta cada vez a más personas.

Sólo en 2008, se produjeron 102.363 denuncias de malos tratos (74.000 físicos y 24.000 psíquicos), se ralizaron 109.906 atestados policiales, se dictaron 41.439 Órdenes de Protección y se produjeron 81 homicidios, frente a los 51 del año 2001.

Otra de las conclusiones del estudio es que la violencia afecta cada vez más a las parejas con extranjeros. 4 de cada 10 víctimas fueron extranjeras, y por cada agresor español, hay 5 agresores extranjeros.

Respecto a los agresores, el informe indica que 1 de cada 4 agresores intentó suicidarse después de la agresión, y 1 de cada 5, consumó el suicidio tras la agresión.

martes, 20 de octubre de 2009

El aborto, "desastre ecológico"

Por monseñor Demetrio Fernández, obispo de Tarazona

La cultura de la muerte sigue avanzando y va consiguiendo algunas conquistas. Recientemente ha sido aprobado por el Gobierno un proyecto de ley, que será aprobado en el Parlamento español con algunos retoques, según el cual el aborto, que hasta ahora era un delito, se convertirá en un derecho. Quedará de esta manera legalizado el pretendido derecho de toda mujer a matar al hijo de sus entrañas, apenas haya sido concebido e incluso hasta los tres meses de gestación. Asistimos de esta manera a un verdadero desastre ecológico.

El argumento que se usa es el de ampliar la libertad de la mujer, dejándola que ella decida si quiere llevar adelante su embarazo o quiere quitarse el problema de encima, una vez que ha concebido una nueva criatura en su vientre. Para ello se pondrán a su alcance todos los medios de la salud pública y las píldoras abortivas del día después gratuitamente. Sin embargo, esta libertad que se pretende otorgar atropella la vida naciente, que es del todo indefensa, e introduce una extorsión en el ser de la madre, haciendo violencia en su propio cuerpo e introduciendo una alteración hormonal, cuyas consecuencias son imprevisibles.

Sicológicamente, cada una de estas madres quedará marcada para toda su vida. Conseguirá quitarse de su vientre "algo" que hoy la estorba, pero no conseguirá quitarse de su mente y de su corazón el delito cometido. Conozco ya a bastantes mujeres que no se perdonan a sí mismas el haber cometido semejante atrocidad en su vida, y a las que hay que consolar con la misericordia de Dios. Una vez más, la mujer pagará los platos rotos de una situación de conflicto, en la que quizá ella sea la menos culpable. Una vez más, el grito feminista de libertad para la dignidad de la mujer, se ve ahogado por unas disposiciones que la convierten en simple objeto de placer pasajero e irresponsable.

Se trata de un verdadero desastre ecológico, que afecta al niño que ha de nacer, a la madre que lo ha concebido, al entorno de las personas que tienen que ver con el asunto (el padre de la criatura, los abuelos, los sanitarios, etc.) y a toda la sociedad que sufrirá el impacto negativo de este desastre ecológico. Por ejemplo, en Europa, desde que se ha legalizado y se ha generalizado la ley del aborto no han visto la luz 50 millones de niños, que hoy serían 50 millones de jóvenes, que tanta falta nos hacen a este continente que envejece prematuramente y se muere de tristeza y de desesperanza. La nueva ley del aborto multiplicará el número de los que no van a nacer en una Europa que necesita rejuvenecerse y necesita esperanza para vivir. Una región, un país, todo un continente que no es capaz de transmitir la vida, que no es capaz de transmitir a la generación siguiente aquella herencia de valores que ha recibido, es una región, un país, un continente enfermo de muerte.

Por eso, diferentes grupos sociales, que son sensibles a este desastre ecológico, han convocado una manifestación a favor de la vida, de la maternidad y de la mujer el 17 de octubre en Madrid. "Los obispos consideramos legítima y conveniente tal convocatoria y la participación en la misma". En muchas ciudades habrá manifestaciones en el mismo sentido. Luchemos por la vida. La vida es el futuro del hombre, nunca lo será la muerte. Apoyemos a las mujeres en dificultad, proporcionándoles los medios para asumir la preciosa tarea de una nueva maternidad. Y oremos todos al Señor para que tenga misericordia de nosotros.

viernes, 16 de octubre de 2009

Le dan a Obama lo que le negaron al campeón de la paz Juan Pablo II

El creciente descrétido del Premio Nobel de la Paz ha batido hoy una nueva marca, al serle otorgado el de este año a un presidente, Barack Obama, que no lleva ni un año en el cargo, que se ha caracterizado por sus gestos de claudicación ante los principales déspotas del planeta -Fidel Castro, Hugo Chávez, la dictadura comunista China e incluso las teocracias islámicas- y que, además, mantiene a su país en las guerras, Afganistán e Irak, que se iniciaron durante la anterior administración.

En estos últimos tres lustros han dado ese premio en 2007 al gran gurú del catastrofismo ecologista Al Gore en 2007, en 2001 a Kofi Annan -cuyo paso por la ONU quedó marcado por el rastro de la corrupción- e incluso al terrorista Yasser Arafat en 1997. Eso sí, a pesar de los pesares se le negó el Premo Nobel a un campeón de la paz y de la libertad como Juan Pablo II, y eso después de concederle el premio al actual Dalai Lama del budismo en 1989.

La concesión ahora del premio a Obama, por cierto, es la tercera que se le hace de esa distinción a un presidente de EEUU durante el ejercicio de su mandato. En 1906 se le concedió al demócrata Theodore Roosevelt, un belicista y partidario de ese expansionismo estadounidense que llevó a la guerra con España a finales del siglo XIX. Durante su mandato ordenó las ocupaciones militares de su país sobre la República Dominicana en 1904 y sobre Cuba en 1906. En 1919 se le concedió el premio al también demócrata Woodrow Wilson, que continuó la política expansionista de Roosevelt invadiendo México en 1914, Haití en 1915 y la República Dominicana en 1924, y que fue el presidente que dio el paso de meter a los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial en 1917. Curioso sentido del pacifismo el que tienen en Oslo.

También llamaron derecho a la esclavitud


Florida, en EEUU, fue el origen de una canción muy pegadiza titulada
“Bonnie Blue Flag” (bonita bandera azul), que podéis escuchar en este fragmento de la película “Dioses y generales”. La letra de la canción ensalzaba la bandera azul con una estrella blanca en el centro que sirvió de distintivo en muchos campos de batalla a las fuerzas confederadas durante la Guerra de Secesión.

El estribillo de esa canción empezaba con dos versos que decían: “Hurrah! Hurrah! For Southern Rights, Hurrah!” La expresión “southern rights” (derechos del sur) fue utilizada con profusión en aquella época para referirse en especial a un mal llamado derecho por entonces en disputa y que fue uno de los detonantes de esa contienda civil: el “derecho” a poseer esclavos.

Para comprender esta manipulación del lenguaje que llevaba a calificar de “derecho” la negación de la libertad de otros tenemos que remontarnos a la primera mitad del siglo XIX. Durante años la literatura abolicionista estuvo prohibida y los profesores abolicionistas estaban vetados en las escuelas de los estados del sur, gobernados por el Partido Demócrata. La aceptación social de la esclavitud era asumida por los sureños de toda clase y posición, hasta el extremo de que a partir de la década de 1830 el servicio de correos se negaba a entregar folletos abolicionistas en los estados sureños. Sólo un sector minoritario proponía la total abolición de la esclavitud. Eran los abolicionistas, tachados de extremistas por la mayor parte de una sociedad que, por aquel entonces, veía de lo más normal que hubiese hombres que poseían a otros seres humanos como quien posee cabezas de ganado.

Por aquel entonces, la política en EEUU estaba dominada por dos partidos: los Demócratas y los Whigs. El Partido Demócrata era el gran defensor de la esclavitud en los EEUU, acaparando el poder en los estados del sur. El Partido Whig estaba dividido entre esclavistas y abolicionistas. A raiz de la Kansas-Nebraska Act, una disposición que autorizaba a extender la esclavitud a los nuevos territorios incorporados a la Unión, en 1854 surgió el Partido Republicano como escisión de los Whigs. Los republicanos rechazaban no sólo la extensión de la esclavitud a nuevos estados, sino también su permanencia en los estados del sur, por lo cual los esclavistas los tachaban de “republicanismo negro”.

Cuando el republicano Abraham Lincoln, un abolicionista, llegó a la presidencia en 1861, los demócratas sureños iniciaron la secesión bajo el argumento de que el nuevo gobierno pretendía arrebatar sus “derechos” -es decir, abolir la esclavitud- a los estados del sur. Hicieron falta cuatro años de guerra para acabar con un levantamiento armado que invocaba palabras como “derechos” y “libertad” para defender una brutal forma de opresión.

Tras la guerra, el 23 de febrero de 1870 Hiram Rhodes Revels se convirtió en el primer senador negro. El 12 de diciembre de ese mismo año Joseph Hayne Rainey se convirtió en el primer negro en la Cámara de Representantes. Tanto ellos como los siguientes afroamericanos que se incorporaron al Congreso de los EEUU eran miembros del Partido Republicano, que siguió concentrando el voto afroamericano hasta la década de 1930. Algo que no es de extrañar, pues durante años el Ku Klux Klan actuó como brazo armado del Partido Demócrata en los estados del sur, donde dicho partido siguió apoyando la segregación racial hasta bien entrado el siglo XX. Sin ir más lejos, en la segunda mitad de la década de 1950 dirigentes del ala racista del Partido Demócrata como James Eastland, John McClellan y James P. Coleman fueron los primeros en apoyar la carrera de John F. Kennedy hacia la Casa Blanca, después de que el entonces senador votase a favor de una enmienda que inutilizaba la Ley de Derechos Civiles de 1957, hecha para acabar con la segregación racial.

Medio siglo después la historia se repite: el Partido Demócrata califica otra vez como “derecho” la violación de un derecho humano, si bien esta vez no es la libertad, sino algo aún más básico: la vida de los más indefensos. Ahora incluso un presidente afroamericano y demócrata, Obama, apoya a organizaciones que utilizan el aborto con fines racistas bajo argumentos como que “hay demasiados negros”. Kafkiano, en fin…

Fuente: Contando estrellas

miércoles, 14 de octubre de 2009

Las confesiones de un sacerdote gitano, Juan Muñoz Cortés

Tras superar discriminaciones y un cáncer, afirma ser “el más feliz”

Ni los cachetes de su padre, ni las burlas de sus amigos, ni la discriminación por parte de algunos compañeros en el seminario ni un grave cáncer han podido apartar a este joven gitano de su anhelada vocación sacerdotal.

Nacido hace 35 años en el barrio marginal de La Mina, en Barcelona, Juan Muñoz Cortés sintió desde los doce años la vocación al sacerdocio, una llamada en la que han intervenido personas concretas que ocupan un lugar preferente en su corazón, pero también fuertes experiencias espirituales.

Lo explica en la siguiente entrevista con ZENIT, que, en el Año Sacerdotal, ofrece las "confesiones" de cardenales, obispos y sacerdotes sobre su vocación. La serie fue abierta por el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de Benedicto XVI.

--¿Cuándo empezó a sentir la llamada a la vida sacerdotal?

--Juan Muñoz: En el colegio descubrí una sensación por la figura de Jesús de Nazaret y empecé a interesarme por ella, gracias a la profesora de religión, una monja Hija de la Caridad, con quien tuve una charla.

A los doce años, una noche, me vino como una luz, una imagen de Cristo, que lloraba constantemente; y empecé a llorar.

Eran las tres de la mañana. Estaba en mi habitación, al lado de mi hermano. Mis padres se levantaron y me preguntaron: "¿Qué te pasa?, ¿qué te duele?".

Y respondí: "Lloro de alegría porque en mi cabeza se me ha representado un señor con barba y con lágrimas, llevaba una corona".

Poco a poco fui descubriendo mi vocación, hasta que un día, un sacerdote me preguntó, intuitivamente: "¿Por qué no eres sacerdote? ¿Te has planteado alguna vez la vida sacerdotal, de servicio a la comunidad?".

Yo no le había comentado nada antes por vergüenza y, en aquel momento, me sonrojé y no supe qué contestar. A partir de ahí, todo evolucionó.

El acompañamiento personal es muy importante para que la persona, el joven, descubra su vocación. A través de los testimonios de sacerdotes, monjas y laicos, podemos ver la vocación.

--¿Cómo reaccionó su familia?

--Juan Muñoz: Cuando les dije que quería ser sacerdote, se sintieron muy mal. Me dieron que no, que me tenía que casar y tener hijos.

Yo soy del pueblo gitano y, para mi familia, que un hijo no se case y no tenga descendencia resulta un poco chocante.

El hecho de que mi familia no aceptara mi vocación me hizo entrar en crisis. Estuvieron algún tiempo sin hablarme, incluso recibí algún cachete de mi padre. Él no aceptó mi vocación hasta el momento de su muerte.

Pero entonces, en la UCI, después de pedir la extrema unción y confesarse, me pidió perdón y me dijo: "Me voy con Dios y voy a rezar por ti, para que seas sacerdote; desde el cielo te ayudaré".

Yo sólo le dije que le perdonaba y que se fuera en paz con Dios. Me parece que Dios me quiso dar este gran testimonio de mi padre antes de morir. Fue muy bonito. La muerte de mi padre me marcó muchísimo.

Y ahora, gracias a Dios, la cosa va muy bien. Mi madre y mis dos hermanos están muy contentos.

--¿En su camino hacia el sacerdocio, sintió dudas?

--Juan Muñoz: Toda mi vida, desde los doce años, he querido ser sacerdote, pero ha habido muchísimas dificultades, evidentemente.

Por ejemplo, me escondía para ir a Misa porque mis amigos se reían de mí. Incluso dejé de ir a la iglesia durante dos años porque pensaba que la llamada a ser sacerdote era una obsesión mía.

En ese tiempo, salí con una chica. Le advertí que yo tenía vocación para ser sacerdote, pero estaba en duda. Ella respondió que lo respetaba, aunque no lo compartía.

Pero llegó un momento en que tuve que decirle: "Lo siento mucho, pero no puedo más: hay como un agujero entre tú y yo, y lo único que me puede llenar en mi vida es servir a los demás, a los más necesitados, y seguir el camino por el que Dios me ha ido llevando desde hace años, que es ser sacerdote, que es estar con él muy intensamente".

Ella se sintió mal, incluso pasó una depresión, pero salió de ella y ahora nos llevamos muy bien. Está casada, tiene hijos y, gracias a Dios, todo ha evolucionado bien.

--¿Qué otras dificultades tuvo que afrontar en el seminario?

--Juan Muñoz: El hecho de que mis amigos no me aceptaran al entrar en el seminario me ha marcado muchísimo y me ha afectado en mi vocación.

Por otra parte, yo soy gitano, y por ello me he sentido marginado por compañeros del seminario, e incluso por algunos sacerdotes que no me aceptaban.

Me decían que vamos siempre sucios, lo típico. Alguien llegó a decirme que me tenía que ir a la Iglesia evangélica por ser gitano.

Pero yo, con la ayuda de Dios, con mi oración directa con Él, que siempre me ha ayudado, que me decía en mi interior: "no te preocupes, tú continúa adelante, a pesar de las crisis, a pesar de los momentos difíciles, estoy contigo", mira hasta dónde he llegado.

Aunque creo que poder llegar a ser sacerdote ha sido obra de Dios.

Me ordenaron sacerdote en la Basílica de Santa María del Mar, con dos compañeros más. Asistieron 1.600 personas y unos 140 sacerdotes.

Y ahora soy la persona más feliz. Vivo el sacerdocio con mucha plenitud, como si esto lo buscara desde siempre.

--¿Qué ha sido lo más duro, en este proceso?

--Juan Muñoz: Lo más duro fue que, cuando ya era diácono, los médicos me diagnosticaron un cáncer. Me chocó muchísimo y entré en una crisis.

Realmente, la enfermedad la descubrí en sueños. En ellos, mi padre, que ya había fallecido y estaba junto a una señora que iluminaba, aunque yo no le veía la cara a ella, me avisaba: "Ve al médico".

Se lo expliqué a mi madre, que también me animó a visitar al médico. Y al tercer día de tener estos sueños, sentí un dolor fuerte, que me asustó. Entonces sí fui al médico y me lo detectaron.

Se trataba de un cáncer muy agresivo. El médico me advirtió que debían operarme, aunque podía haber mucha metástasis y a lo mejor no salía del quirófano.

Me rebelé contra Dios. Le pregunté por qué cuando llegaba a mi plenitud, a lo que más había soñado, a ser sacerdote, me llegaba un cáncer, del que quizás no iba a salir.

Entonces le dije a mi director espiritual que quería ir a Lourdes y me encomendé al doctor Pere Tarrés.

Fuimos a Lourdes, dormimos en una posada pasando mucho frío, y a la mañana siguiente, celebramos la Misa en la Gruta y fuimos a las piscinas.

En las piscinas, sólo estábamos él y yo. Cuando me tocó a mí meterme en el agua, sentí una sensación muy rara y empecé a llorar.

Uno de los voluntarios me preguntó qué me pasaba. Le conté el problema que tenía, le dije que no quería morir, que tenía miedo. Y él me respondió: "Ya verás como la Virgen te va a curar; tú reza aquí".

Me bañó y después empecé a llorar otra vez. Me quedé allí unos minutos rezando ante la imagen de Lourdes. Y salí de allí transformado.

Entonces le dije a mi director espiritual: "La Virgen me ha curado, siento mucha paz en mi interior". Se quedó sorprendido.

Al volver a Barcelona, incluso los amigos que me venían a ver me preguntaban qué me pasaba, y me decían: "Estás cambiado, estás como iluminado".

Cuando los médicos me abrieron, vieron que no había metástasis. Y no me han aplicado quimioterapia ni radioterapia, ni tomo ninguna medicación, aunque sí me van realizando controles. Para mí, fue un milagro.

--¿Qué experiencias, positivas y negativas, le han sorprendido en el año y medio que lleva como sacerdote?

--Juan Muñoz: Yo pensaba encontrar más respeto, amor y entrega entre los compañeros sacerdotes, pero me he llevado un poco de decepción al sentir como una desunión entre los sacerdotes, no sé si es como una soledad por el hecho de que los sacerdotes diocesanos viven solos.

Pero a la vez he conocido a gente estupenda que me ha apoyado en todo; personas de todo tipo, de toda cultura, de toda raza, jóvenes y ancianos, de los que he aprendido muchísimo.

Realmente he visto el rostro de Dios en esas personas. No me llegaba a imaginar cómo puede hablar Dios a través de las personas.

Algunas personas, curiosamente sobre todo mujeres, me han marcado mucho y me han proporcionado ayuda de todo tipo -espiritual, económica,...- para llegar a ser sacerdote.

Pienso en la relación de María Magdalena con Jesús, supongo que ella le consoló muchas veces y le ayudó con sus palabras, cuando se sentía incomprendido, desprotegido e incluso solo, a sacar fuerzas y pedirle a Dios que se hiciera su voluntad.

Recuerdo por ejemplo un gran amigo, que ahora trabaja en el obispado, con el que compartí las vísperas de mi ordenación sacerdotal.

Yo no podía dormir. Nos abrazamos, lloramos juntos y estuvimos hablando de Dios, de la entrega total que iba a hacer, al consagrar toda mi vida a Dios y a los más necesitados.

Y lo más maravilloso ha sido llegar a la plenitud de ser sacerdote. Lo vivo con muchísima intensidad. A veces las palabras no bastan.

Vivo con mucha pasión la entrega de la Eucaristía. A veces me emociono al cantar el prefacio.

--¿Y qué ha sido lo más impactante, de su vida sacerdotal?

--Juan Muñoz: El tanatorio. Estoy colaborando en los servicios funerarios de Barcelona y me ha impresionado muchísimo el dolor de las personas, y poder transmitir una esperanza, una fe en la otra vida a personas que sufren el dolor de la muerte de un ser querido, que se sienten solas, que se sienten abandonadas por Dios.

Que entren llorando amargamente y salgan con fe, dándote las gracias porque has transmitido un testimonio y un mensaje de Cristo vivo y una esperanza en la otra vida, a mí es lo que más me ha impresionado.

Incluso he casado a personas que he conocido en el tanatorio y he hecho muchos amigos que se han empezado a confesar conmigo y les estoy haciendo como de guía espiritual.

Si el sacerdote es una persona que reza y se entega a los demás, es la personas más feliz.

Fuente: Zenit

martes, 13 de octubre de 2009

Amenábar y los cristianos

Amenábar, en Ágora, hace responsable a los cristianos del asesinato de Hypatía de Alejandría, desprestigiando la religión fundada por Jesucristo. Me parecería igual de absurdo culpar al Presidente de la República Italiana actual, de las persecuciones que acometieron los 10 emperadores romanos desde Nerón a Diocleciano, entre los siglos I y IV y que se saldaron con el martirio de miles de cristianos.

Además de acusarles falsamente de un incendio (Nerón) o de provocar la peste y el hambre (Septimio Severo), arrasaron diversas ciudades cristianas y abocaron su práctica a la ilegalidad. Hypatía tenía 60 años cuando fue víctima de un asesinato político, no religioso. Su aportación a la filosofía fue discreta, meros cometarios sobre autores famosos, aunque fueron reconocidos su autoridad y prestigio. No se persiguió a Hypatía por su paganismo (no era una pagana devota ni activa) y además, simpatizaba con el cristianismo: protegía a sus alumnos cristianos y dos de ellos fueron consagrados obispos, Silesio, concretamente veneraba especialmente a su maestra. Paganos y cristianos cabían en las aulas de Hypatía sin ningún problema.

El problema está en que el director de una película que se declara ateo, vierte una subjetividad desacreditadora del cristianismo, como enemigo de la razón, la ciencia y el progreso. Dejando aparte las aportaciones artísticas, literarias, filosóficas, humanísticas de esta religión, toda la cultura occidental se apoya en la herencia cristiana, respetable, a pesar de que muchos de los que se dicen cristianos sólo lo sean de nombre y no sepan amar como Cristo enseñó.

Fuente: Diario Ya

domingo, 11 de octubre de 2009

sábado, 10 de octubre de 2009

Premio Nobel a quien menos lo merece

Una vez más el Premio Nobel de la Paz se otorga a quien menos lo merece. En este año
el agraciado ha sido el presidente de Estados Unidos, señor Obama. Tan solo hay que recordar que durante la campaña electoral prometió más aborto a la carta, y lo cumplió tan pronto accedió a la presidencia. Entró en la Casa Blanca y no perdió el tiempo, pues los votos son importantes y había que cumplir la promesa.

El aborto voluntario, definido por Juan Pablo II como " el crimen más abominable", alcanza cifras millonarias anualmente en todo el mundo, apoyado y defendido a ultranza por personajes como Obama. ¡ Se han lucido los señores que le han concedido el Nobel de la Paz!. La paz de los basureros. Niños asesinados despiadadamente, y el presidente Obama fomentándolo de forma escandalosa. No es nada halagador que se premie el crimen de los más indefensos. Allá los que otorgaron el premio. Solo merecen el desprecio. Han instituído un nuevo premio:" El premio de la muerte asesina ".Que lo disfrute Obama por muchos años. Las tenazas asesinas que destrozan a los bebés que lo sufren, es el armamento feroz de este holocausto mayor que cualquier otro que haya conocido el mundo. Pero Obama no pierde su sonrisa.

Fuente: diarioya.es

lunes, 5 de octubre de 2009

La web recomendada

Web de Red Farmacia Responsable, iniciativa que surge como respuesta ante la dispensación sin receta médica de la píldora del día después.
http://www.redfarmaciaresponsable.com/

viernes, 2 de octubre de 2009

Tolerancia cien para Polanski

El mundo del cine ha cerrado filas tras Roland Polanski, reclamando su libertad. En la petición firmada por 138 cineastas –Woody Allen, Pedro Almodóvar, Martin Scorsese, David Lynch y otras muchas celebridades– da la impresión de que Polanski, de 76 años, ha sido detenido por su ideas más que por sus actos. Nada se recuerda del origen de su arresto, la violación en 1977 de un chica de 13 años, tras haberla drogado, culpabilidad que reconoció en su momento ante el juez de Los Ángeles, aunque luego huyera sin dar ocasión a que se pronunciara la sentencia.

Es verdad que el castigo de un delito pierde bastante su efectividad y su sentido cuando han transcurrido 32 años. No en vano la prescripción siempre ha tenido su papel en el Derecho. El tiempo tiene una influencia decisiva en la vida del hombre, también en la esfera de la extinción de derechos y de responsabilidades. La gente cambia. El castigo tiene un valor ejemplar en el momento, pero no del mismo modo tres décadas después. Si, además, como en el caso de Polanski, la víctima ha perdonado o ha llegado a un acuerdo con el agresor, y no quiere volver a verse en un juicio, hay buenos motivos para dar por cerrado el caso.

Pero estos buenos motivos no tienen nada que ver con los invocados en la declaración de los cineastas de apoyo a Polanski. Los firmantes de la petición manifiestan su “estupor” y su “consternación” ante el arresto, y consideran una “trampa policial” que el cineasta haya sido detenido cuando iba al Festival de Cine de Zurich a recibir un homenaje, como si la ejecución de una orden de busca y captura emitida por el juez americano fuera un atropello de la policía.

Da la impresión de que lo que estuviera en juego fuera la libertad de expresión, pues argumentan que “los festivales de cine del mundo entero han permitido siempre mostrar las obras y la libre circulación de los cineastas”, “incluso cuando ciertos Estados querían oponerse”. Pero Polanski no ha sido detenido por nada que tenga que ver con el Séptimo Arte, sino con unos hechos arteros que son perseguidos en cualquier Estado. Y ni EE.UU. ni Suiza están en manos de regímenes dictatoriales.

Como supremo argumento, los colegas afirman que Polanski es “un artista de renombre internacional”, que hoy día se ve amenazado de extradición y de privación de libertad. Todo esto desprende un tufillo de elitismo irresponsable, en virtud del cual a un artista no se le pueden aplicar los mismos criterios jurídicos que al común de los mortales.

Desde luego, si se le hubieran aplicado, Polanski habría sido detenido muchos años atrás, pues la orden de busca y captura es de 1978. Por eso, en vez de preguntarse por qué ha sido detenido ahora, habría que plantearse por qué el gobierno de Francia –donde reside– nunca hizo nada para llevarlo ante la Justicia, cuando el delito se acababa de cometer. ¿Ser un renombrado director de cine justifica un indulto sin consecuencias?

Si fuera un cura

Lo menos que puede decirse es que Polanski tiene suerte de ser un cineasta afamado. Imaginemos que hubiera sido un cura –o más bien un arzobispo, para mantenernos al nivel– , acusado de abusos sexuales sobre un menor en Estados Unidos. Cuando en 2002 estalló el escándalo de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, la mayoría de los casos que entonces salieron a la luz pública habían sido perpetrados en los años 70, en la misma época del delito de Polanski, con adolescentes de edad similar a la de la víctima del cineasta. Pero entonces nadie les quitó importancia diciendo que eran “una historia antigua que ya no tiene sentido”, como ha afirmado ahora el ministro de cultura francés, Frédéric Mitterrand. Al contrario, hubo satisfacción por el hecho de que por fin los culpables pagaran por su atropello. “Tolerancia cero” era y es la consigna.

Si Polanski fuera un cura, nadie le habría exculpado con argumentos como haber tenido una infancia trágica o por haber obtenido el perdón de la víctima, como se ha dicho a propósito del director polaco. Ni se habría minusvalorado la importancia del hecho calificándolo como “error de juventud” (¡un joven de 44 años!).

Si se tratara de un cura, el hecho de que la Iglesia no hubiera reaccionado, se habría interpretado sin duda como un signo de querer echar tierra sobre el escándalo en vez de preocuparse por la víctima. Pero si es el Estado francés quien cierra los ojos durante 32 años, es solo un signo de que Francia es tradicional tierra de acogida.

En fin, echándole más imaginación, pensemos qué se habría dicho si 138 obispos firmaran una carta de apoyo al compañero acusado de un delito de violación de menor, aduciendo que es inconcebible que se pretenda juzgar a “un clérigo de renombre mundial”. El escándalo sería tal que estimularía el ingenio de algún cineasta para hacer una película sobre el caso.

Fuente: Aceprensa